José Ángel Rivera de las Heras

El museo diocesano de Zamora

José Ángel Rivera de las Heras

· Diplomado en Magisterio por la Escuela Universitaria de Zamora
·
Licenciado en Estudios Eclesiásticos por la Universidad Pontificia de Salamanca
·
Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca

 

· Delegado Diocesano de Zamora para el Patrimonio y la Cultura
·
Director del Archivo Diocesano y de la Biblioteca Diocesana de Zamora
· Director del Museo Diocesano de Zamora
·
Canónigo Archivero y Director del Museo Catedralicio de Zamora


·
Profesor del Máster de Gestión del Patrimonio de la Universidad de Salamanca
·
Comisario y guionista de exposiciones
·
Diseñador de museos religiosos
·
Autor de numerosas publicaciones sobre arte cristiano

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La ciudad de Zamora posee veintitrés iglesias románicas o con restos de este estilo artístico. Se trata, pues, de la mayor concentración de arquitectura románica en ámbito urbano a nivel mundial. Dichas iglesias fueron edificadas durante el siglo XII y los primeros años de la centuria siguiente, una etapa histórica caracterizada por el auge religioso, urbanístico, social y comercial derivado de la repoblación que siguió a la reconquista de territorios musulmanes al sur del río Duero.

 

De entre ellas destaca la S. I. Catedral del Salvador, célebre por coronar su crucero una original cúpula gallonada que sirvió de modelo a otras construidas posteriormente (Salamanca, Toro, Plasencia), con las cuales constituye las denominadas “cúpulas de la cuenca de Duero”. Pero también se construyeron otros templos en diversas colaciones y pueblas: dentro del recinto amurallado (iglesias intramuros), rebasando la muralla (iglesias extramuros) e incluso en la margen izquierda del curso natural del río (iglesias extrapontem).

 

Una de las iglesias extramuros -aunque con el paso del tiempo quedaría dentro del tercer recinto murado-, la de Santo Tomé, situada en la Puebla del Valle, fue edificada en el primer cuarto del siglo XII. La mayoría de los historiadores la identifican con la correspondiente a un monasterio del mismo título, vinculado a la casa real leonesa, que aparece citado en documentación fechada en la década de 1120. Sea lo que fuere, en marzo de 1135, Alfonso VII donó la citada iglesia al Obispo Bernardo y al Cabildo para que se trasladase a ella la sede episcopal, ya que la antigua catedral carecía de las condiciones adecuadas y tampoco permitía construir las nuevas dependencias que le eran necesarias. No obstante, el traslado no se efectuaría y la nueva catedral se levantaría en el solar de la antigua.

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Su planta se compone de una sola nave rectangular -aunque en origen tuvo tres- con tramos separados por dos grandes arcos diafragma, más cabecera formada por tres ábsides rectangulares, con el central más ancho que los laterales.

 

El elemento arquitectónico más destacado es su cabecera tripartita, escalonada y de testeros planos, muestra de la pervivencia de soluciones propias de la Alta Edad Media en constructores apegados a modelos tradicionales o con recursos limitados. El testero del ábside central, que evidencia un gran parentesco con la iglesia de Santa Marta de Tera, va recorrido por un alero formado por una imposta taqueada sostenida por modillones de filiación mozárabe con motivos de rollos, hojas con bolas, figuras humanas, bustos de fieras, etc.

 

En su interior destacan dos bellísimos capiteles icónicos, situados en el arco de la capilla septentrional. El del lado norte representa la  Adoración de los pastores, y en él aparece la Virgen sedente con el Niño en brazos, al que ofrece una bola, con otros tres personajes a cada lado portando ofrendas. El del lado sur, la Adoración de los Magos; en él la Virgen aparece sedente con el Niño Jesús coronado en su enfaldo, al que ofrecen sus dones los Magos; se trata de un capitel de tipo especular, pues la estrella y los Magos aparecen representados dos veces -caso único en España- buscando la simetría y la visión de la escena desde la perspectiva oblicua o lateral, no frontal, del espectador.

 

Esta iglesia, que perdió su parroquialidad en 1894, fue declarada Bien de Interés Cultural en 1931. Sin embargo, se hallaba cerrada al público y tenía una escasa función cultual. Por estas razones, las autoridades diocesanas consideraron la posibilidad de su puesta en valor, para poder visitar su interior asignándole una función pastoral específica: ser la sede del Museo Diocesano de Zamora. Con este proyecto museístico, la diócesis zamorana apostaba por una oferta eclesial cualitativa de carácter cultural, dirigida a turistas, visitantes e investigadores, incrementando el número de museos de la ciudad y ampliando el itinerario turístico habitual, objetivo que entrañaba una cierta dificultad, pues nativos y forasteros habrían de acostumbrarse a recorrer otros ámbitos de la capital, al igual que ocurre en otras ciudades monumentales, y no solo la arteria principal que conduce desde la Catedral hasta la Plaza Mayor.

 

A la intervención del inmueble y de su entorno arqueológico y urbanístico por parte de la Consejería de Cultura y Turismo de la Junta de Castilla y León y del Ayuntamiento de Zamora, a través de su proyecto cultural “Zamora Románica”, se unió la realizada por el Obispado de Zamora, con el fin de acomodar su espacio interior a las nuevas necesidades museísticas. Y así se realizó, teniendo en cuenta como principio rector que un museo diocesano es, por definición, una institución eclesial de carácter estable dedicada a la conservación, custodia, valoración y exposición de algunos bienes históricos y artísticos, que testimonian la fe y la creatividad de nuestros antepasados, y a la difusión de la grandeza y la belleza de los contenidos fundamentales de la fe católica a través de obras de arte. Y por otra que, dado el interés del edificio, era obligado resaltar también el continente, de modo que la estructura añadida como soporte del contenido no lo enmascarase, sino que permitiese la visión de su parte arquitectónica más noble, es decir, la cabecera, con sus arcos, capiteles, ventanas y frisos.

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El proyecto fue concebido, encargado y financiado en su totalidad por el Obispado de Zamora, merced a la donación testamentaria de un particular. Su redacción y dirección fueron llevadas a cabo por los arquitectos Jesús Ignacio San José y Juan José Fernández y su colaborador Francisco M. Morillo Rodríguez, de la Universidad de Valladolid, con las indicaciones ofrecidas por el Delegado Diocesano para el Patrimonio y la Cultura. La obra fue ejecutada por la empresa local Tuconsa. Finalmente, el Museo Diocesano fue inaugurado por el Obispo de Zamora, D. Gregorio Martínez Sacristán, el día 13 de julio de 2012.

 

La estructura que soporta las obras, a base de vitrinas horizontales, pedestales, hornacinas y ventanas, está pintada en color gris grafito, lo que ofrece uniformidad al conjunto del mobiliario y permite destacar cada obra sobre un fondo neutro que no molesta ni distorsiona la percepción del espectador. A ello se añaden las cartelas, con su correspondiente información básica, escrita en blanco sobre negro para su fácil lectura, y algunos grafismos indicativos o explicativos.

 

El Museo cuenta con dos zonas bien definidas: la correspondiente a la exposición de sus fondos permanentes, y la dedicada a las exposiciones temporales. Las ciento treinta y cuatro obras que componen la exposición permanente se muestran con criterios históricos, artísticos o técnicos, conforme a su naturaleza, pero la mayoría conforman un relato cronológico y sintético de la Historia de la Salvación, y especialmente del misterio de Cristo, representado en figuras y escenas alusivas a su infancia y a su pascua, y de la Virgen María, representada en su concepción inmaculada, su maternidad divina y su glorificación, al que se añaden otras obras de valor histórico o artístico vinculadas al devenir histórico de la diócesis zamorana. Respecto a la técnica, hay obras de escultura, pintura, orfebrería, metalistería, mobiliario y objetos pétreos. En cuanto a su cronología, abarca desde el siglo I hasta fines del siglo XIX. Y respecto a los estilos, hay obras de arte hispanorromano, visigodo, románico, gótico, renacentista, barroco, neoclásico y colonial.

 

La nómina de artistas representados es numerosa. Entre los escultores destacan Gil de Ronza, Juan de Montejo el Viejo, Esteban de Arnedo el Viejo, Juan Ruiz de Zumeta, Gaspar de Acosta, Andrés Fernández del Peral, Sebastián Ducete, Gregorio Fernández, Pedro de Mena, Cristóbal Rodríguez Cifuentes, José Cifuentes Esteban y Ramón Álvarez Prieto. Entre los pintores, el Maestro de Fuente el Carnero, Blas de Oña, Alonso de Remesal el Viejo, Diego de Quirós, Alonso del Arco y Diego Díez Ferreras. Y entre los plateros, Antonio de Burgos, Andrés Gil, Cayetano de Agándara, Manuel Flores y Herrera, Narciso Sánchez y Benigno Bartolomé.

 

Las obras expuestas han perdido su uso litúrgico, pastoral y devocional, pero aún contienen valores históricos, estéticos y espirituales dignos de ser apreciados. Unas proceden del Obispado, otras son depósitos de iglesias de la diócesis, y finalmente otras son fruto de la donación agradecida y generosa de comunidades religiosas extinguidas (Concepcionistas y Juanas) y de algunos particulares.

Hasta el momento actual se han realizado cinco exposiciones temporales, una por semestre. La primera estuvo dedicada a una serie del pintor sevillano Francisco Antolínez, formada por seis lienzos de temática mariana, firmada y fechada en Madrid en 1699. La segunda a las tablas del retablo mayor de Barcial del Barco, del siglo XVI. La tercera a las tablas del antiguo retablo mayor de la iglesia de San Nicolás de Castroverde de Campos, también del siglo XVI. La cuarta a los “paños de ofrendas” alistanos. Y la quinta a macetas, jarrones y floreros pertenecientes a los estilos Art Nouveau y Art Déco.

 

En la definición del Museo Diocesano de Zamora se han tenido en cuenta tres factores muy importantes, destacados con frecuencia por las opiniones verbales y escritas ofrecidas por los visitantes: la iluminación de las obras artísticas expuestas, el servicio explicativo de las más destacadas a través de las audioguías, y la ambientación musical. La iluminación, realizada por la empresa local Alteisa, está formada mayoritariamente por puntos de LED, magníficamente dirigidos a todas y cada una de las obras de forma específica, resaltando su propia luminosidad, en el caso de las pinturas, o envolviéndolas en un ambiente lumínico de luces y sombras atenuadas que destaca sus características formales, en el caso de las esculturas. Por su parte, los objetos pétreos han sido iluminados suavemente desde la zona inferior, de abajo arriba, lo que produce un mayor resalte de las zonas labradas.

 

Con las audioguías, realizadas por Vocces, entidad comercial de artiSplendore, el Museo ofrece una explicación personalizada de las obras más importantes a cada uno de los visitantes, ya sea visitado individualmente o en grupo; se propicia el silencio y se crea una sensación de intimidad y confortabilidad que resulta necesaria para contemplar, reflexionar y captar el mensaje que el relato en general y las obras en particular contienen. Los comentarios, con interpretación multilingüe en español, inglés y portugués, son breves e inteligibles para el público en general; están realizados por locutores profesionales y van acompañados por un fondo musical coetáneo de la obra comentada.

 

Finalmente, la ambientación musical del interior de la iglesia ofrece al visitante, ya desde su entrada, un ámbito distinto del que procede, ayudándole a sentirse abierto a una experiencia única y envuelto en una aventura estética que no consiste en consumir arte, sino en contemplar con admiración y disfrutar con fruición el hermoso legado de la fe, y dejarse impactar interiormente por tanta belleza…, la que de Dios procede y hacia Él nos conduce.

 

El Museo Diocesano de Zamora, de reciente creación pero ya consolidado en su andadura temporal, es, pues, un centro religioso y cultural donde cada persona, arrastrada tantas veces por la servidumbre de la rutinaria vida cotidiana, puede recrear sus sentidos y alimentar su espíritu para retornar a ella con una fuerza renovada. Por tanto, bien merece una visita pausada.

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